Según la RAE, la palabra “expectativa”
significa: “Esperanza de realizar o conseguir algo. Posibilidad
razonable de que algo suceda.
Yo tengo mis dudas al respecto. Creo que, en realidad,
la definición se queda algo corta. Por empezar, las expectativas son, a veces,
mis peores enemigas. No siempre las posibilidades son racionales, a menudo son
impulsivas, sorprendentes, pasionales… y ni hablar de que algunas tenemos una
imaginación demasiado activa y ese es un factor que SI altera el producto de
las expectativas. La mente puede ser un arma de doble filo y si se junta con
las expectativas podés ir escribiendo tu propio obituario, al menos en lo que
al amor respecta.
Cierto es que nadie, o casi nadie, murió de
amor. Pero cada vez que el corazón se rompe una necesita renacer entre las
cenizas como el Ave Fénix (o como River, vaya sea de paso) y eso no es una
tarea sencilla. Las mujeres somos algo extremistas y bastante sensibles, a
veces vemos fantasmas donde no los hay o nuestra mente nos hace jugarretas (que
mucho tienen que ver con nuestro nivel de autoestima) que hacen que nuestras
expectativas aumenten en casos no siempre convenientes.
Alguna vez lei en internet una frase que decía
algo así: “si esperás mucho más de la otra persona es porque vos, en su lugar,
darías mucho más”. Y es cierto. Todo muy lindo con la filosofia del “dar sin
esperar recibir” y la del “todo vuelve” muchachos… pero esas no son más que
frases trilladas.
Una da todo de si esperando recibir, al menos
un poquito, de afecto de todo el que entrega. Y eso es indiscutible. Todos
necesitamos sentirnos queridos o importantes para alguien. Aunque sea para el
boludo de turno.
Cuando una tiene muchas expectativas y estas se
cumplen el mundo parece un lugar menos trágico para vivir. Cuando no se cumplen
te pones los lentes negros y salis a pelearle a la vida con cara de perro. Pero
¿qué pasa cuando se cumplen a medias? ¿Qué pasa cuando te conformás con menos
de lo que das y aún así te decepcionan? ¿Por qué te conformás con menos? ¿Acaso
no vales mucho más? ¿El problema es que esperabas demasiado? ¿O es que te prometieron
más y te dieron menos? Me encantaría poder responder todas estas preguntas. En
cualquiera de los casos creo que la culpa es de las expectativas. Las de una,
las del otro, las que nos creamos en la mente, las que deseamos con el corazón…
siempre es un problema de expectativas. Y me pregunto en voz alta ¿cómo hago
para vivir sin crearme expectativas? No se puede. Son un mal tan necesario como
el sexo, como el hombre o la metáfora de la media naranja.
Las expectativas nos mueven y nos conmueven,
valga la redundancia. Nos elevan el corazón en una burbuja de aire. Pero son
frágiles y traicioneras. A veces, no son más que tus ganas de algo mejor, de lo
que siempre quisiste, de lo que siempre esperaste y de lo que en tu mente, con garra
y valor, construiste.
El amor tiene varios enemigos pero el peor de
todos es, sin dudas, las falsas expectativas… porque cuando duele y decepciona
no es tan fácil olvidarte de lo que hubieras esperado o lo que hubieras hecho
en sus zapatos.
Ojalá, alguna ciencia, aunque sea la de la
vida, nos enseñe alguna vez a no siempre dejarnos llevar por nuestras propias
expectativas.
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